¿Qué pasará con el transporte escolar después del sismo?
La Directiva 009 del Ministerio de Educación Nacional reconoce que el retorno a la presencialidad depende del transporte y del acceso seguro. Pero mientras colegios y rutas permanecen cerrados, suspendidos o funcionando parcialmente, el transporte escolar enfrenta un choque de ingresos que puede comprometer su capacidad para volver cuando los estudiantes lo necesiten.
Pensemos en una institución educativa cuyo techo puede repararse en pocas semanas. Los salones vuelven a estar habilitados, los docentes están listos y la autoridad anuncia el retorno. Pero el puente continúa restringido, la vía habitual permanece cerrada y el único desvío duplica el recorrido. El colegio existe. La educación, todavía no.
La reconstrucción educativa se completa cuando los estudiantes pueden regresar de manera segura. Para hacerlo posible hay que garantizar su última milla: el transporte escolar.
La dimensión del desafío ya es visible. El Ministerio de Educación ha señalado que más de 400.000 estudiantes se encuentran afectados por la emergencia, mientras el balance oficial del Gobierno reportó daños en más de 2.838 establecimientos educativos. Son cifras todavía sujetas a verificación territorial, pero suficientes para entender que recuperar la educación no consiste únicamente en reparar edificios. También exige que los estudiantes puedan continuar su proceso educativo donde cambiaron los trayectos y las condiciones de acceso.
La Directiva 009 del 17 de agosto ofrece una respuesta necesaria. Establece medidas diferenciadas, graduales, temporales y proporcionales a cada territorio; permite Escuela en Casa, Escuela Itinerante, alternancia y atención híbrida; reconoce que una sede puede permanecer físicamente estable mientras una vía cerrada impide el traslado seguro; y exige que el retorno progresivo considere la disponibilidad efectiva de transporte y las condiciones de acceso.
La lógica es correcta: ningún niño debe ser enviado por una carretera insegura solo porque el salón continúa en pie. Pero para el transporte escolar esa solución educativa tiene un efecto económico inmediato. Cada día de virtualidad es también un día en que una parte de las rutas deja de utilizarse; con alternancia, la demanda disminuye; con cierres completos puede desaparecer temporalmente. La operación se reduce o se detiene, pero permanecen costos fijos y obligaciones financieras: crédito, seguros, parte del mantenimiento y gastos necesarios para conservar la capacidad empresarial. Conductores y auxiliares, además, dejan de percibir el ingreso asociado al servicio.
El colegio existe. La educación, todavía no.
La emergencia educativa es, por tanto, también una emergencia económica para quienes viven del transporte escolar.
El efecto alcanza tanto a las rutas contratadas por entidades públicas como a las financiadas directamente por las familias. En las primeras pueden aparecer suspensiones, traslados de sedes o modificaciones de recorridos. En el transporte asociado a colegios privados aparece además un problema de demanda efectiva: hogares afectados por el terremoto pueden enfrentar restricciones de liquidez y verse obligados a reasignar su ingreso hacia vivienda, alimentación, deudas o recuperación de sus actividades productivas.
No conocemos todavía la magnitud de esa pérdida de capacidad de pago ni cuánto demorará la normalización de cada colegio o ruta. Una sede puede recuperarse en semanas y otra necesitar meses; una vía puede habilitarse rápidamente y otra depender de estabilizar un talud o reparar un puente. Para el transportador, esa incertidumbre tiene un costo: debe decidir cuánto tiempo puede conservar vehículo, estructura empresarial y equipo humano sin saber cuándo regresará plenamente la demanda.
Ese es el riesgo que debería anticipar la política pública: una interrupción temporal puede terminar produciendo una pérdida permanente de capacidad operativa.
Una ruta escolar no es simplemente un vehículo que se enciende cuando vuelve a necesitarse. Es una capacidad organizada: propietario, conductor, auxiliar y empresa alrededor de un recorrido. Si la interrupción se prolonga, el propietario puede verse obligado a vender o entregar el vehículo, el personal puede migrar hacia otras actividades y la empresa puede perder capacidad antes de que regrese la demanda.
El sismo puede no haber destruido el vehículo y, aun así, terminar destruyendo la ruta.
La ruralidad concentra el riesgo de deserción
La situación es especialmente delicada en zonas rurales y de ladera. Allí una ruta depende de pendientes, puentes, clima, estado de la vía, tiempos de desplazamiento y conocimiento del territorio. Una carretera abierta al tránsito general no necesariamente es segura para transportar niños; un desvío puede modificar sustancialmente kilometraje, tiempo y costo; una sede temporal puede hacer inviable el recorrido contratado. Por eso la reconstrucción debe administrarse territorialmente: identificar qué rutas siguen siendo seguras, cuáles deben modificarse, cuáles permanecerán suspendidas y qué capacidad productiva corre riesgo de desaparecer.
Podríamos reconstruir la escuela, recuperar la vía y descubrir, meses después, que parte de la capacidad transportadora necesaria para volver a clases ya no existe.

Proteger el patrimonio del transportador es proteger la ruta
En ese punto, proteger el patrimonio del transportador deja de ser una reclamación privada separada del interés general. El vehículo es un activo familiar y una herramienta de trabajo, pero también forma parte de la infraestructura móvil con la que un territorio garantiza acceso a la educación. Preservarlo durante una interrupción extraordinaria no significa cubrir cualquier pérdida ni eliminar el riesgo empresarial; significa reconocer que el país volverá a necesitar esa capacidad.
Sin transporte, la reapertura escolar es un anuncio; con transporte, es una política.
La excepcionalidad de la emergencia no puede convertirse en informalidad administrativa
La emergencia encuentra además al transporte escolar en un momento regulatorio sensible. Apenas cinco días antes del terremoto, el Gobierno expidió el Decreto 1048 de 2026 y modificó las reglas del transporte especial, modalidad dentro de la cual opera buena parte del transporte escolar. La reforma introdujo cambios en contratación, vinculación y desvinculación de vehículos, capacidad transportadora, procedimientos mediante el RUNT, obligaciones operativas y aspectos del servicio escolar. Empresas, propietarios y autoridades apenas comenzaban a adaptar la nueva regulación cuando el terremoto alteró recorridos, demanda y condiciones contractuales. La reconstrucción tendrá que administrar dos transiciones: la emergencia y una reforma que apenas empieza a desplegar sus efectos.
Hay además una discusión patrimonial que no debería perderse. El Decreto 1048 no modificó por ahora el régimen vigente de tiempo de uso, pero ordenó a la Agencia Nacional de Seguridad Vial estudiar esta materia y su relación con las condiciones técnico-mecánicas. Mientras tanto, el tiempo regulatorio sigue corriendo incluso para un vehículo inmovilizado por circunstancias ajenas a su propietario. La seguridad no admite atajos, pero antigüedad y seguridad no son exactamente lo mismo. El país debería avanzar hacia un modelo en el que mantenimiento, revisión técnico-mecánica, condición estructural y evidencia objetiva de seguridad tengan un peso creciente frente al criterio puramente cronológico.
Los recursos ya se están moviendo: la pregunta es hacia dónde
El Gobierno ya comenzó a movilizar recursos para recuperar la infraestructura educativa. El Ministerio de Educación y CAF acordaron redireccionar 48 millones de dólares del Programa de Espacios Educativos hacia la recuperación y reconstrucción de instituciones afectadas, con atención especial al Chocó. Precisamente por eso conviene evitar una reconstrucción incompleta: financiar la escuela y dejar para después la capacidad que permite llegar hasta ella.
El Decreto 1171 declaró la situación de desastre nacional. La emergencia económica y el denominado Fondo Milagro fueron anunciados por el Presidente y deberán concretarse en instrumentos jurídicos que definan su alcance, financiación y operación. Ese diseño ofrece una oportunidad para incorporar al transporte escolar dentro de la estrategia de reactivación.
No para pagar servicios no prestados, crear subsidios indiscriminados ni trasladar al Estado todo el riesgo empresarial. La justificación económica es otra: evitar que un choque transitorio destruya una capacidad productiva cuya reconstrucción posterior resulte más difícil y costosa. Si los instrumentos de emergencia contemplan incentivos, alivios financieros, liquidez, periodos de gracia u otras medidas para preservar actividades productivas afectadas, el transporte escolar debería ser evaluado dentro de esa lógica cuando pueda demostrarse que determinada capacidad será indispensable para el regreso de los estudiantes.
El criterio debe ser focalizado y verificable: preservar la capacidad cuya desaparición haría más difícil, lenta o costosa la recuperación educativa.
La misma lógica debe llegar a los contratos. Muchas rutas fueron diseñadas para una sede, un kilometraje, una frecuencia y unas condiciones viales que ya no existen. Si hay suspensiones, traslados, virtualidad, alternancia o desvíos, la administración debe documentar la nueva realidad y ajustar lo que corresponda. El Estado no debe pagar como ejecutado aquello que no se prestó, pero tampoco debería trasladar silenciosamente todo el costo de una emergencia pública a quienes deberán conservar la capacidad necesaria para el retorno. La excepcionalidad de la emergencia no puede convertirse en informalidad administrativa.
Es razonable objetar que hoy existen prioridades más urgentes: atender a las víctimas, recuperar hospitales, habilitar vías, reconstruir viviendas y reparar escuelas. Es cierto. El transporte escolar no puede reclamar un privilegio. Pero plantear la escuela y la ruta como proyectos separados crea una falsa elección: una recupera la oferta educativa; la otra la convierte en acceso efectivo.
Por eso los indicadores de la reconstrucción no deberían limitarse a contar establecimientos reparados. También deberían mostrar cuántos estudiantes recuperaron la presencialidad y cuántas rutas volvieron a operar. La unidad real de resultado no es únicamente el edificio. Es el estudiante que regresa.
La reconstrucción educativa se mide en trayectos, no en obras
El punto de fondo no es financiero, sino educativo. La reconstrucción termina cuando el estudiante puede volver de manera segura. Para hacerlo posible deben existir una ruta que pueda operar, un vehículo disponible, una vía segura, familias capaces de volver a demandar el servicio y empresas, propietarios, conductores y auxiliares que hayan logrado permanecer durante la interrupción. Lo que no se preserve durante la emergencia puede no estar disponible cuando vuelva a necesitarse.
Por eso el transporte escolar no debería aparecer al final de la política de reconstrucción. Forma parte, desde el comienzo, de la posibilidad misma de recuperar la educación. Una institución puede estar abierta y seguir siendo inaccesible si los estudiantes no tienen cómo llegar hasta ella. La última milla se completa cuando el aula, la vía y la ruta vuelven a encontrarse.
La educación vuelve cuando también vuelve la vía para llegar a ella.
John Jairo Correa Rodríguez es economista, magíster en finanzas y presidente fundador de Movemos País, Centro de Pensamiento del Transporte de Colombia. Fue Director Nacional de Transporte y Tránsito.